
Cuando no te queda nada más que volver, es el momento de partir. La frase, completamente vacua y sin sentido, no dejó de rondar su cabeza durante toda la noche. Sabía que esas manos, ese sudor, esos gemidos, esos genitales excitados, en fin, ese momento íntimo, no era en absoluto algo que quisiera sentir de nuevo. La había convencido con un poco de alcohol, una pastilla neuroestimulante (
3,4-metilendioximetanfetamina según la información del recipiente plástico de donde había salido) y un juego sensual que involucró lápiz de labios negro, una máscara veneciana y un video porno a través de internet.
Pero, aunque convencida entonces, ahora deseaba dejar todo atrás. No quería repetir la experiencia. Su tío, aunque definitivamente sabía de la vida, no era el mejor prospecto para una pareja estable. Había estado casado hace tres o cuatro años con una sudamericana, quien apareció muerta un viernes de quincena. Dicen que él la asesinó a sangre fría, pero es posible que haya sido un arranque de celos. La sudamericana le era infiel con una chica menor que ella, quien hacía el aseo de la casa cada martes y cada sábados. De ella no se sabe nada más, salvo que se suicidó tragándose la tapa de un bolígrafo. Antes de ese fallido matrimonio, su tío vivió en Lyon, donde se dedicó rescatar prostitutas callejeras, dándoles una vida digna, educación y servicios básicos mediante los francos que conseguía extorsionando a turistas que se tragaban el siguiente cuento:
"Lyon es la tercera ciudad más poblada de Francia después de París y Marsella y la segunda área urbana del país con 1.757.180 habitantes.2 Actualmente es la capital del departamento de Ródano y de la región Ródano-Alpes. Situada al norte del corredor natural del valle del Ródano (que une Lyon con Marsella) y entre el Macizo Central al oeste y los Alpes al este, la ciudad de Lyon ocupa una posición estratégica en la circulación norte-sur en Europa.
En su noveno arrondissement se cometió el mayor crimen del que se tiene registro en los anales de Francia: Luis iX masacró a toda la iglesia local y, sobre sus cuerpos mandó construir la actual catedral. Se cuenta, aunque no se puede comprobar, que el rojo brillante de sus vitrales se logró mezclando el agua del río Ródano y, detalle morboso... señoras, si prefieren taparse los oídos o disculpar mi imprudencia, y piedras preciosas robadas a la naciente corona inglesa...".
Sí. Su tío no era un candidato para pareja estable. Eso sin contar que vivía en Iowa y toda la relación se debía mantener virtual. Virtual como ese bailarín exótico que conoció en Second Life y que le había permitido tocar sus pectorales.
Lástima que, del otro lado de la red, el bailarín de pectorales licantrópicos fuera una enfermera dulce y anciana que moriría de un paro cardiaco cuando escuchó en su viejo radio de bulbos que la bolsa de valores había cerrado a la baja.
En fin, por eso quería dejar todo atrás. Por eso se repetía la frase que, pese a su sinsentido, le hablaba directamente al corazón.
Respiró fuerte, cerró los ojos, escribió una última frase en el chat, apagó su computadora portátil y se fue a dormir. Fue una noche larga (era 20 de diciembre) y fresca. Obscura como si el demonio se hubiera tragado las estrellas del cielo y silenciosa como el alma muerta de un vegetal.
Durmio y soñó. Soñó que soñaba. Soñó en las manos cálidas de un caminante que la tocaban toda: sus cabellos, su pecho, sus piernas, sus alas. Soñó que jamás despertaba. Y jamás despertó.
Los doctores no entendían su caso. Algunos opinaron que era un severo caso de hipnosis, otros organizaron foros y congresos esperando encontrar alguna respuesta al caso. Se hizo una recreación para el Prime Time y (cuidado: spoiler) tampoco House encontró el problema.
Así, pues, tuvo que acostumbrarse a vivir su vida siempre dormida. Terminó su preparatoria y su licenciatura; se graduó con honores y con pijama; sostuvo una relación a distancia con un violoncellista sordo, tuerto, manco y tonto; se casó dos veces: del primer matrimonio engendró una hija y del segundo, una gastritis; envejeció en un pueblito desértico en el sur de Texas y murió a sus 94 años cuando un ruido fuerte la despertó.
Su esposo, el segundo, la enterró junto a su primer esposo, a quien siempre amó en secreto. Vendió todos sus bienes, guardó en su corazón todos sus males y voló lejos de Texas a reunirse con una joven de 30 años quien todas las noches lavaba platos enfundada en mezclilla obscura, blusa negra y nada más. La joven lo recibió con un abrazo fuerte y lo llevó a vivir a su departamento.
Ahí le preparó un cuarto propio y le acondicionó el espacio para que pudiera tener los cuidados que una persona de su edad requería. Le contrató, además, una enfermera. El final de cuentas, es lo menos que una sobrina podía hacer por su tío, sobre todo tras haberlo abandonado al terminar un efímero encuentro sexual en la red.